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Lecciones del error total de encuesta para los estudios de opinión pública
16 October 2016

La semana pasada participé en el International Total Survey Error Workshop en Sydney con una primera presentación del proyecto de modelización predictiva que mi equipo lleva desarrollando durante los últimos meses. El trabajo fue muy bien acogido en gran medida porque hemos logrado avanzar en una herramienta que facilita la organización del trabajo de campo, que siempre es el eslabón más débil y caro en la recolección de datos de una muestra probabilística. No estamos lejos de poner en producción la primera versión del sistema y la confirmación de que estamos haciendo progresos en la dirección correcta ha sido muy valiosa.

Pero, para alguien que ha llegado a este área desde la investigación sobre opinión pública, plagada de atajos técnicos y con una dependencia completa de muestras no-probabilísticas, escuchar los debates sobre los problemas más recurrentes de los diferentes institutos estadísticos nacionales ha sido una experiencia de aprendizaje muy valiosa. Tres temas me han llamado muy especialmente la atención. En primer lugar, los estudios sobre la utilización de datos administrativos para reemplazar investigaciones hechas hasta ahora con encuestas. En segundo lugar, los trabajos en el área de medición de la validez de los cuestionarios en el contexto de encuestas con diferentes modos y a través de diferentes culturas. Por último, los progresos en la estimación del error de cobertura (las unidades que, por el motivo que sea, son excluidas del marco muestral) para muestras probabilísticas y no-probabilísticas.

En muchas de las presentaciones, no he podido evitar pensar en las lecciones que se podrían extraer para las encuestas electorales. El primer tema es un problema específico a trabajos como los censos nacionales y tiene escaso equivalente para un estudio electoral, pero los otros dos hacen hincapié en áreas que siempre me han intrigado: la existencia de bolsas de potenciales votantes que no están representadas en las muestras y la validez de los cuestionarios y su capacidad para capturar el atributo latente que el investigador está intentando medir.

Estoy convencido de que hay un enorme espacio para la mejora del instrumental que es utilizado para diseñar y analizar los estudios de opinión pública. Es casi sorprendente en un campo con tanta exposición al debate público que ha sufrido muchas críticas por los errores recientes que siga existiendo una dependencia absoluta técnicas anticuadas y poco sofisticadas. Ya he argumentado en alguna ocasión que el problema seguramente esté en la falta de incentivos para adoptar innovaciones, como en cualquier otro mercado en el que es difícil de supervisar la calidad. Además, los problemas de reputación solo afectan si eres la única casa que falla, con lo que existe la posibilidad de una coordinación a la baja en calidad. Sin embargo, confío en que a medida que la educación especializada se vaya extendiendo, también se vayan difundiendo las mejores prácticas entre los profesionales.

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